Que no te pille el toro. El arte de hacer las cosas y punto.

Todos tenemos que hacer cosas que no nos gustan, ¿cómo puedo vivir esos momentos sin sufrir? ¿Y si además las puedo utilizar para mejorar mi autoestima?

Todo lo que hacemos en éstos casos es un proceso, normalmente en negativo.

El proceso lógico sería:

Esto es lo que nos repetimos una y otra vez que tenemos que hacer
Esto es lo que nos repetimos una y otra vez que tenemos que hacer

Peeeeeero… No. Nos gusta complicarnos la existencia. ¡Qué vida más aburrida llevaríamos si hiciéramos las cosas a la primera y sin pensar! (Notad la ironía, por favor).

Lo que solemos hacer es:

Lo que solemos hacer para darle vidilla a cualquier tontería.
Lo que solemos hacer para darle vidilla a cualquier tontería.

 

 

  • Desde por la mañana, nos levantamos con el “run-run” (si no nos hemos acostado con él) que calienta la cabeza.

“Tengo que hacer…”, “no me apetece…”, “Bufff, qué coñazo” (pon tu frase estrella aquí)…

Ya sabes, ¿Verdad?No te voy a contar nada nuevo. No sirve de nada. Bueno, sí… Sirve para calentarnos la cabeza y estar todo el día de mala leche, con una sombra que nos persigue y que no nos deja en paz. Y que nos llena de culpa cuando queremos descansar.

Entonces… Si no te hace ningún bien, ¡Quítatelo de encima cuanto antes!

¿Fácil? Pues mira, no. Conlleva una fuerza de voluntad titánica y eso se tiene que ENTRENAR.

Si lo hacemos cuanto antes, tendremos una serie de beneficios que cualquiera desearía:

  • Nos deja disfrutar de la libertad y vamos más ligeros.
  • Nos repetimos mucho lo orgullosos que estamos de nosotros mismos, porque lo hemos hecho y hemos cumplido.
  • Mejora el Locus de Control Interno (¡Toma palabreja técnica!… Se refiere a la sensación de controlar nuestra vida y poder cambiarla y dirigirla hacia donde queramos. Es la capacidad de percibir que podemos lograr las cosas según lo que nosotros hagamos)
  • Mejora la autoestima. Instantáneamente. De manera brutal

La Resistencia a hacer esa tarea

Cuando ya nos ponemos a ello, decimos “Venga, va… Ya vale. Voy a hacerlo”. Y de repente… La habitación está desordenada. Un papel me molesta. “Uy, ¡Un vídeo de gatitos!”, “Voy a llamar a… que hace tiempo que no hablo con él.” (Vuelve a meter aquí tu excusa favorita).

Empecé buscando datos y encontré gatitos...
Empecé buscando datos y encontré gatitos…

Son cosas que pueden esperar, pero ocupamos el  tiempo para no enfrentarnos a lo que tenemos que hacer.

Nos hace tener la sensación de que no nos ponemos a ello porque tenemos que hacer otras cosas. Y claro, así, la excusa es perfecta.

¿A quién está engañando? Créeme, a nadie. No engañas a nadie. Ni siquiera a ti.

¿Cómo podemos manejar las resistencias?

  • Antes de ponerte a ello, prepárate y prepara tu entorno y si puedes la noche anterior, mucho mejor. ¡Dónde va a parar!
  • Toma consciencia de que te estás distrayendo y domina ese impulso. Te estás autojustificando y te estás haciendo un daño atroz. Entrena tu fuerza de voluntad.
  • Aprender a cambiar el foco del pensamiento. Pasar de “Lo que no queremos hacer y el peñazo que supone” a “voy a hacerlo y me da igual lo que haya alrededor”.

Ceder a las autojustificaciones mina la autoestima, alimenta la ansiedad y entramos en un círculo vicioso del que salir es una tortura.

Te voy a hacer una pregunta que probablemente no te hayas hecho nunca… ¿De verdad tienes que hacer eso que “tienes que hacer”?

No te imaginas la de obligaciones autoimpuestas que tenemos. Piensa en la necesidad que cubre esa tarea que nos trae por la calle de la amargura.

Podemos delegar, e incluso no hacerlas. De verdad, muchas veces no pasa nada.

Pregúntate por lo menos tres veces ¿Para qué voy a hacer esto? Y mira a ver si tiene sentido.

Te pongo un ejemplo (propio, sufrido en mis carnes y en diálogo conmigo misma):

  • Tengo que estudiar historia de la Psicología
  • ¿Para qué?
  • Para aprobar la asignatura
  • ¿Para qué?
  • Para quitármela de encima
  • ¿para qué?
  • Para pasar de curso
  • ¿Para qué?
  • Para acabar la carrera y ser psicóloga
  • ¿Realmente quieres ser psicóloga?
  • Sí, con todas mis fuerzas.

Así encontré el sentido de la tarea machacante que tenía por delante. Ahora te pongo otro ejemplo (no me lo tuve que preguntar ni tres veces, ya con una me sirvió):

Tengo que aprender diseño, SEO, Marketing y demás para mi empresa

-¿Para qué?

– Para vivir de mi trabajo

– ¿Es imprescinicible?

– No, pero ayudaría mucho

– ¿Es tu trabajo el SEO, el diseño, el marketing…? ¿El que tú querías?

– No, ni de casualidad

– ¿Puedes subcontratar servicios (delegar)?

– No todos. Pero alguno sí.

Total, que la web me la hicieron. Muchos temas, me los hicieron. Y otros, aún sin hacer, no han sido necesarios. Ayudarían, pero no son imprescindibles.

El mágico momento en que tu productividad es máxima.

El momento en que ya no me queda otra que hacer lo que tengo que hacer, porque se me ha echado el tiempo encima y ya llevo los minutos pegados.

Ese momento en que sin saber cómo, entras en un estado de nervios y tensión que roza el paro cardíaco y en el que el estrés es tu aliado. Ese… Lo conoces bien, ¿eh?

¿Cuántas veces has dicho “yo es que trabajo mejor bajo presión”? Ya. Pues no te lo crees ni tú. Lo siento. No. No es verdad.

Tenemos esa sensación pero no es real. Hay un proceso químico y otro atencional que refuerzan esa sensación, pero no es real nuestra interpretación.

Te explico: Por un lado está el Estrés. Ese estrés que hace que nos pongamos en marcha y reaccionemos de manera adecuada  un estado de alerta. Se liberan sustancias que nos hacen rendir con más energía. Pero es química.

Y no te olvides, es estrés.

Como tenemos prisa, generamos el estado de alarma y cuando acabamos, la sensación es de alivio, porque hemos estado en tensión.

No trabajamos mejor bajo presión, es que no podemos hacer más que acabar la tarea con lo que tenemos y centrarnos, porque si no, tenemos un  problema.

Tensión
Tensión

Imagina, por ejemplo, que tienes que preparar una clase. Si lo haces con tiempo, estás todo el día buscando información en el mundo de Internet. Pero no avanzas. Buscas información, la guardas, la clasificas, encuentras un libro, lo guardas, lo lees por encima… pero tu clase sigue sin avanzar. Total, tienes tiempo. Esta vez, vas a hacerlo súper bien….

Si no tienes tiempo haces lo mejor que puedes con lo que tienes, y es suficiente.

¿Y qué más pasa? Pones toda tu atención en acabar, no puedes estarte a otras cosas. Ya no hay excusas. No me puedo dispersar.

Por eso funciona bien la técnica del pomodoro. Nos hace trabajar enfocados, ya que sólo tenemos 20-30 minutos. No hay tiempo que perder.

Así, sin necesidad de ir con estrés por la vida, lo que podemos hacer es:

  1. Entrenar el mindfulness en el trabajo. Entrenar a la mente a que se centre en lo que se tiene que centrar. Evitar distracciones del pensamiento. Y sí, digo entrenar, porque no podemos hacerlo de la noche a la mañana.
  2. Y si algo no me gusta, planteármelo como un reto de crecimiento empresarial o personal. Eso también sirve, y mucho. Centrarnos e intentar mejorar lo que no nos gusta. Muchas veces, lo que nos pasa es que nos genera incertidumbre porque no estamos seguros de que lo hacemos bien.

Siempre celebrar que lo hemos hecho. Disfrutar de la sensación de libertad y liberación de la tarea acabada.

Si cumplimos con nuestros compromisos, esos que hemos adquirido personalmente y con nosotros mismos, la autoestima y el sentimiento de autoeficacia “suben”. Nos vemos capaces y “nos crecemos”.

Porque si no lo hacemos, nos mortificamos con pensamientos como “qué vaga soy”, “no soy capaz…“o “no me merezco lo bueno que me pase”

¿Te ha resultado familiar? Te animo a que me cuentes cómo te ha ido implementando nuevos hábitos.  Escríbeme y cuéntamelo. Sin compromiso.

 

Todo está en nuestro pensamiento

 

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